–¡Alto!
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viernes, 16 de agosto de 2013
viernes, 19 de julio de 2013
Ilustraciones: El escorpión y el cuervo
Ambos tenían una fiereza indiscutible en la mirada, más
calculadora y neutra la del Someti, más salvaje y visible la del Ustípede.
–Vamos, ataca –exigió Raco, pálido de ira.
–Como guste el señor –respondió Truton, lanzando una media
sonrisa furibunda.
El Someti apartó la hoja de su oponente golpeando el dorso
con su antebrazo y a continuación dirigió su propia espada contra Raco. Imanae
no estuvo seguro de si pretendía cortarle la oreja o acertarle en el cuello,
pero resultaba evidente que Truton tampoco estaba bromeando.
En cualquier caso, el señor de los Ustípede se giró a tiempo
de evitar el filo enemigo y tomó distancia.
–¿Huís? –preguntó el Someti con socarronería.
–¿De qué? ¿De tu alfiler? –respondió el
Ustípede, y lanzó una única carcajada irónica.
jueves, 16 de mayo de 2013
Ilustraciones: Hermanos
Taisham se acercó a él, le puso una bota en el pecho
haciéndole volverse completamente bocarriba y le colocó la punta de su espada
en el cuello. En ese momento, por un breve instante, la pelea a su alrededor
cesó, los sonidos se apagaron y ambos hermanos rememoraron. Recordaron un
pasado no tan lejano en el que jugaban en el patio interior de su castillo, con
espadas de madera, embistiéndose mutuamente, saltándose las normas de su
instructor. Taisham le pisaba el pecho y poniéndole la espada al cuello gritaba
“¡Estás muerto!”. A veces Maltés se quejaba y se negaba a aceptarlo, y entonces
su hermano mayor le retorcía el brazo hasta que admitía su victoria, obligándole
a tenderse en el suelo y no moverse durante unos minutos. Pero ellos ya no eran
unos chiquillos; estaban en el frente, no en el patio del castillo de los
Aivanek; las espadas no eran de madera ni estaban romas; las heridas se abrían y manaban sangre,
no formaban moretones; y la muerte era definitiva en lugar de durar unos
minutos.
La hoja afilada de Taisham rozó la barbilla de
su hermano pequeño y la punta presionó su cuello.
viernes, 19 de abril de 2013
Ilustraciones: Cuestión de valores
–¿Por qué lo has hecho, Tamlor? ¡Por qué! –y se abalanzó
sobre él.
Sin mayor problema, el rebelde recibió su embestida
contrarrestándola con un golpe de su brazo. Maltés sintió como si se hubiese
estampado contra una pared de piedra. Sacudió la cabeza y notó la sangre caer
por su nariz, pero volvió a levantarse para arremeter de nuevo. Esta vez el
hombre le golpeó con el puño en la cabeza desde arriba.
Maltés cayó al suelo como fulminado, perdiendo totalmente el
sentido del equilibrio y casi la consciencia. Solo el sonido de la lluvia
acompañaba su dolor. Tambaleante y totalmente ofuscado por esa nueva y
arrasadora emoción, volvió a levantarse, pero entonces sintió que alguien le
cogía por los hombros.
–¿Qué diablos haces, Tamlor? Es solo un niño, animal –oyó
que decía Seya.
<<Solo un niño>>. Las palabras resonaron en su
mente como una condena. La vergüenza y la frustración se añadieron al
amalgama de sentimientos que le recorrían, aumentando su ansiedad.
–¡No! –gritó, revolviéndose para tratar de zafarse.
Tenía que alcanzar a Tamlor, tenía que hacerle
pagar por lo que había hecho, porque si no… si no sería su cómplice, si no
significaría que no le importaba y que era tan culpable como él, y eso no podía
aceptarlo, no podía.
viernes, 15 de marzo de 2013
Ilustraciones: La Grylla
El animal, ya sin otros oponentes, avanzó hacia el muchacho.
Su paso era renqueante y de su boca goteaba sangre propia y ajena. No obstante,
la decisión en su mirada, carente de miedo, le dijo a Armiat que estaba en
condiciones de aniquilarle. Esos ojos clavados en los suyos delataron un brillo
de sensaciones que no le eran ajenas: ira, determinación, venganza y audacia.
Se habían metido en el territorio equivocado, en el territorio de aquellas
bestias voraces. Armiat se estremeció asimilando el hecho de que la consciencia
despierta de ese animal lo convertía en algo que iba más allá de lo que había
esperado.
A pocos pasos de él, la bestia frenó y olisqueó
el ambiente, mostrando sus dientes como grandes cuchillos curvados. Los dedos
del niño se aflojaron, perdiendo fuerza, y el arma quebrada cayó a tierra
sordamente. La grylla agachó ligeramente la testa y los hombros, mirándole y
emitiendo ese gruñido perturbador. Levantó la cabeza, dejándola a escasos
centímetros de la cara del muchacho, y rugió haciendo temblar el bosque.
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